EL PATHOS DE LA DISTANCIA

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jueves, 13 de octubre de 2011

Baile de máscaras


            Continúo deambulando entre las, cada vez, más desconocidas calles. Siguiendo las líneas invisibles que delimitan mi camino, cuando, de repente, alguien me toca en el hombro, por detrás. Al girarme, para ver de quién se trata, tan sólo me encuentro con mi reflejo en el cristal de un escaparate. Entonces, comienza a hablarme. Me quedo totalmente paralizado, mis ojos parecen desencajarse y mi vello se eriza tras mi nuca y por mis brazos. Y tengo frío, mucho frío, pero no en la piel, en otro lugar que no reconozco pero que me resulta familiar. Con una mirada, como traviesa, mi rostro reflejado me dice, mientras lo escucho con una mezcla de horror y curiosidad:
Recuerdas lo que te conté el otro día. ¡Sí, hombre!, lo que te conté el otro día, ¿no te acuerdas? Aquello que te confesé, que me inquieta desde siempre. Cuando era niño, desde bien pequeño, cada vez que me miraba en el espejo, y observaba mi semblante, lloraba desconsoladamente sin poder reconocerme. Igual que tú ahora mismo, que eres incapaz de reconocerme; que eres incapaz de reconocerte.
En el momento en el que termina su desgarradora confesión, mi confesión, paso por una extraña sensación que oscila entre la parálisis física y la convulsión mental. De pronto, ya no tengo miedo. Me encuentro tranquilo viéndome reflejado, viendo al otro reflejado al que sonrío, como travieso. Ahora soy yo el que está al otro lado del cristal. Así lo dejo y así me voy a explorar las calles de este entorno prisionero. Mi caminar es suave y aterciopelado, de color azul. El resto se compone de colores inflamados, como en llamas. Al momento, sin darme cuenta, caigo en un abismo camuflado. Me precipito hacia el comienzo más cercano y familiar que pudiera imaginar, deslizándome a través de los huecos de mi ensueño.

¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-...!
Abro los ojos: las siete y cuarenta y cinco de la mañana. ¡Ostias! Me he vuelto a quedar dormido y otra vez ese absurdo sueño. Me levanto y voy al baño, como cada mañana, a toda prisa.
Ahí estás (le digo sarcástico a mi reflejo, que me mira con bastante indiferencia), más desmejorado que en mis sueños, pero ahí estás. Bueno, a ver si despertamos y vamos a desayunar con Pablo algo más presentables.
Me acicalo en la medida de lo posible: un poco de agua en la cara, otro poco en el pelo y una rápida lavadita de dientes. Salgo de casa deslumbrado por el sol matutino de estas horas tan indecorosas, hacia el “Preludio”, nuestra cafetería de las mañanas.
Ahí está, tan puntual como siempre. Tan risueño como siempre.
¡Buenos días Pableras! (le saludo, junto con un fraternal abrazo).
¡Buenos días, sin vergüenza! —me contesta con una mueca de Bárbaro mientras me da unas palmaditas en la espalda—. ¿Anoche qué?, borrachera, ¿no?
No hombre, tan sólo un par de botellas de vino con María, que estará a punto de venir (me defiendo, con cara de inocente). He quedado con ella también.
Mírala. Ahí está. ¡Eh, María! —exclama Pablo con la naturalidad que lo caracteriza.
¡Hola, indecentes! —saluda María, con su sarcástico desprecio habitual.
Buenos días, borracha (le contesto en tono cómico).
¡Qué, ayer os la cogisteis buena!, ¿no? ¡Je, je! —bromea Pablo, sin decoro alguno, a la vez que le tira una servilleta arrugada a la cara.
Se sienta María con nosotros y les tengo que contar que de nuevo he vuelto a soñar con mi travieso reflejo:
A ver... hoy he vuelto a tener el sueño (les digo a ambos, mirándolos serio y fijamente a los ojos, como preocupado).
Piensa a ver qué te quiere decir. Porque está claro que algo te quiere decir tu reflejo, algo que quizá ya deberías saber. Algo que, quizá, todavía no alcanzas a entender pero que ya deberías hacerlo. Algo relacionado con tu infancia, a lo mejor. O algo que te inquieta, que le inquieta al niño que lleves dentro y que no acabe de afrontar del todo. Incluso, desde otra perspectiva fuera del psicoanálisis barato, no sé... a lo mejor es tu durmiente, el que vive tus sueños, que se ha cansado de que no cumplas ninguno. Je, je —elucubra Pablo bajo premisas siempre tan inquietantes como excéntricas.
¡Mira qué gracioso! ¿Y tu sueño de cómico? ¿Ese ya lo has logrado, no? recrimino a Pablo, que a veces me saca de quicio.
Mira a ver si no eres un Narciso enamorado de su rostro, ¡ja, ja! —bromea María, que siempre le quita importancia a los asuntos de esta envergadura.
¡Venga ya, María! Sabes que esto es importante para mí (reprocho a María, poniendo un poco de seriedad en el asunto).
Bueno, yo tan sólo he venido a deciros que esta noche hay una fiesta de máscaras en la “Colonia Wells”, en casa de Judith. ¡Qué hoy ya es viernes!, por si no os habíais percatado. Pero tenéis que respetar una serie de normas, no me vayáis a dejar mal: obligatorio acudir enmascarado, claro está, aunque siendo vosotros no está mal que os lo recuerde; la máscara debe cubrir toda la cara y el pelo de manera que nadie os pueda identificar; el vestuario debe ser neutro, que no denote algo de vuestra personalidad, ¿eh? Que nadie pueda decir: ¡mira!, ahí está Pableras con su estilo tan hortera. Allí nos veremos, y me voy que yo ya he desayunado y tengo muchas cosas que hacer.
Adiós —se despide María tras lanzarnos su propuesta misteriosa. Ella siempre tan misteriosa.
Está bien, intentaré no ir hortera, aunque sabes que por mucho que lo intente siempre acabo haciéndolo, es una tendencia profundamente arraigada —explica Pablo.
No faltaré María, ya lo sabes (contesto), ¿a qué hora es?
A media noche —sentencia María, mientras se da la vuelta para irse definitivamente.

Salgo del trabajo con el ánimo de siempre, siguiendo líneas invisibles que dejan las huellas del imprevisto, entre miradas rotas hipnotizadas con el suelo. Me dirijo hacia una tienda de máscaras que hay en el Raval. Después de un rato probándome unas y otras elijo una máscara dividida, más o menos, por la mitad, en diagonal, como si fueran dos rostros al estilo Mr Jekyl y Mr Hyde. Tiene colores claros en la parte de arriba: verdosos y blancos. En la parte de abajo son fuertes y siniestros: rojos y negros. Además, tiene dos cuernos de demonio arriba y una melena desaliñada.
Llego a casa. Dejo la máscara en la percha de la entrada. Me doy una ducha revitalizante mientras tarareo una canción de la que no recuerdo el nombre. Después de fumarme tranquilamente un cigarro, tumbado en la cama y viendo mi silueta a través del espejo de mi armario, duermo un rato.
De camino a la fiesta recuerdo que María me advirtió de la importancia de la máscara, así que llego con ella puesta a la puerta y con un vestuario neutro, de colores claros que resaltan la intensidad de mi impostura. Una vez en la entrada leo un cartel que establece las normas de la fiesta: prohibido quitarse la máscara. Obligatorio usar seudónimo. Prohibido nombrar a nadie.
Entro en el misterioso lugar. La música me gusta, suena Django Reinhardt. Habrá unas cincuenta o sesenta máscaras bailando, todas como buscando caras conocidas, igual que yo; sin encontrar ninguna, igual que yo. Voy al lugar donde sirven las bebidas, me pido un Gin Tónic. Observo la extraña fiesta en la que me veo inmerso, una vez más. Cuanto menos es auténtica, eso no se lo podré negar a María cuando la vea. Con el segundo Gin Tónic ya me siento más relajado. Me dejo llevar por el ritmo de Django. Máscaras y más máscaras oscilan de lado a lado, de arriba abajo. Pero hay algo que me llama la atención especialmente: las miradas están realmente vivas, excitadas; sedientas de otras miradas indiscretas bajo el anonimato tan reconfortante de la máscara. Hoy no hay función, eso está claro, lo advierto exclusivo y veraz. Hoy el circo de títeres está allí fuera. Aquí dentro los demonios bailan sin pudor, sin temor a ser desenmascarados.
De repente, mi inquieta mirada se cruza con la de una chica a través de su máscara coralina. ¿Será María? Todavía no la he encontrado, aunque tampoco la he buscado. ¡Me había olvidado! Tampoco a Pablo, ¡vaya! ¿Será María? Me acerco bailando, tranquilo y dispuesto, con mis cuernos alzándose cada vez más entre más demonios de mi especie. Cuando llego al lugar, donde la misteriosa chica de máscara coralina danza sin dejar de mirarme con ojos de gitana, comienzo a bailar con ella y me dejo llevar. Ella comienza a bailar conmigo y una lasciva mirada se cuela entre mi máscara indefensa haciendo temblar mi compostura y algo más. Le pregunto, sin pensar:
¿Eres… ? (por poco se me escapa).
¡Hola! ¿Cómo te llamas? (reanudo mi pregunta, esta vez sin meteduras de pata).
           —Perséfone —responde a través de una melodía en sus palabras que penetra en mi estómago, haciéndolo temblar—. ¿Y tú?
           —El loco (contesto).
¡Um… ! El loco… buen nombre —aprueba con un tono de lo más seductor a la vez que se acerca cada vez más a mí, aproximando nuestros sexos cada vez más, hasta el punto de sentirme incómodo, aunque sólo al principio. Después, la incomodidad se va transformando en excitación temeraria.
Primero pensé que podía ser María, aunque en el fondo sabía que no. Ahora ya no hay dudas.
¿Subimos a una habitación? —me pregunta sin andarse con rodeos.
Yo no me puedo resistir, aunque lo intento, pero el morbo del momento y el frenesí de la noche empujan sin control a mi demonio prisionero.
Claro…
Subimos al piso de arriba de la impresionante casa en la Colonia Wells. Entramos en una de las habitaciones, la primera con la que nos topamos. Hay una cama de matrimonio y una mesa, la cual parece bastante cómoda. Ella elige la mesa, donde me empuja y comienza a quitarme la camiseta, los pantalones. Yo sigo con su blusa, el sujetador, y mi mano se desliza entre su falda. Todo fluye entre miradas enmascaradas, buscando la plenitud a través de las pupilas descubiertas. Es el momento de máxima excitación, el del preludio; el de mayor intensidad. En ese momento, siento la tentación de quitarle la máscara, preguntarle su nombre, pero la suspicacia de sus ojos se da cuenta de mi intención perversa. Entonces, me mira sin retórica y como flecha lanza su duelo:
Los amantes de las noches prohibidas no pertenecen a su rostro. No hay preguntas. No hay retorno. Yo, Perséfone. Tú, el loco, que por una noche me rescatas del inframundo de mis huesos. Después, ya no hay nada. Después, mi rostro regresará al lugar que ocupa en el vacío, al despertar de este sueño sin dueño. Que mi voz es huérfana de rostro y tu aullido pertenece a la luna llena, eso ya lo sabes.
Al terminar la aclaración de mi Perséfone, fugada de sus cadenas, sean cuales sean, nos sumimos en la pasión de dos cuerpos desnudos. Quizá, nadie haya podido acceder a la secreta perversión de mi anónima amante en la rutina de sus noches. En ésta, clandestina, se abren todas las puertas indiscretas, y yo me deslizo entre los más recónditos rincones de sus deseos prisioneros.
Bajamos de nuevo a la fiesta con una agradable sensación de niños después de la gran travesura. Luego, sin más, nos despedimos, como habíamos acordado. Yo, estupefacto; circunspecto. Ella, tranquila; lánguida, alejándose con sensuales movimientos de cadera.
Tomo un Gin Tónic, lo necesito. ¿Y María? ¿Y Pablo?
Me olvidé por completo, ¿será que no han venido?
Mientras me hayo inmerso en mi oblicua sensación y en mis preguntas acerca de lo que puede estar ocurriendo, me tocan en el hombro, por detrás.
           —¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cuál es tu nombre? —me pregunta un hombre de máscara similar a la mía, aunque de colores invertidos.
           —El loco.
¡Toma!, igual que yo —replica entusiasmado.
De repente, una extraña sensación se apodera de mi estómago. Una sensación familiar e inquietante; confusa pero conocida. Al mirar alrededor, me da la impresión de que todas las máscaras me miran, como traviesas; como esperando una respuesta.
¿Nos conocemos? (pregunto al hombre misterioso exhibiendo mi confusión).
¡Claro! —me responde, tranquilo; impasible, tanto que me asusta-. ¿No recuerdas lo que te conté el otro día? Sí, ¡hombre!, lo que te conté el otro día. Aquello de cuando era niño, que cada vez que me miraba en el espejo, y veía mi rostro reflejado, lloraba desconsoladamente, sin poder reconocerme. Igual que tú no me reconoces en este momento.
Un escalofrío invade todo mi cuerpo. Ahora siento que todas las máscaras clavan sus miradas en mi persona. Todo se funde, y mis ojos, desorbitados, nublan mi vista entre gotas de sudor. No aguanto más y salgo corriendo. Entonces, una chica me grita:
¡Eh! ¿Eres... ? No te vayas.
¿Será María? No lo sé, pero me da igual. Me voy corriendo. Salgo atropellando a la gente de la casa; me quito la máscara; me seco el sudor de mis ojos y de mi cara empapada. Ando rápido, casi corro, ¿o es que corro? No lo sé, sigo las huellas de mis pisadas, pero se pierden entre líneas invisibles, casi sutilezas, que atraviesan mi ser como alfileres infinitos, enhebrando todo mi cuerpo como un muñeco de trapo. Así me siento, como un muñeco de trapo, lleno de parches e incapaz de reconocerme. De repente paro, ahogado de confusión, sin saber si quiera a dónde me dirijo. Entonces, al darme la vuelta, de nuevo veo mi rostro reflejado en un escaparate, como en mis sueños. Quizá sea un sueño, no sé. Me quedo petrificado ante la incertidumbre de mi realidad, que me desborda. Mi espectro me mira fijamente, como travieso. Mi cuerpo está paralizado y mi mente convulsionando, hasta que caigo en el abismo del comienzo, aquel que siempre reconozco. Ahí me veo, disfruto viendo mi reflejo aterrorizado y le sonrío, como travieso, por no se qué que pudiera estar haciendo. En realidad, no me acuerdo de cómo comenzó todo esto ni de quién fue quien lo hizo, si él o yo.

De repente, abro los ojos. Todo está a oscuras y yo estoy despierto, pero no veo nada. Puede que esté en el útero materno apunto de nacer. O, posiblemente, esté en el cuarto de baño, esperando a oscuras, para verlo todo desde la simetría inversa del espejo cuando entre a lavarme la cara. O quizá, y tan sólo quizá, esté en mi cuarto, tumbado en la cama y únicamente tenga que encender la luz.