EL PATHOS DE LA DISTANCIA

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Extraña sinfonía

Anoche soñé con el sonido de tu cara.

Delicada se mecía.


Suenas incomprensible,

como un espejo roto en el suelo,

como un desfile de trompetistas sordos,

suenas como solo los colores saben.


Este es tu canto.

Sinfonía nocturna de geometrías extrañas.


Quiero comprenderte,

comprender tus silencios,

adentrarme en el hueco que generas

cuando te tocas el pelo,

cuando miras al fuego,

cuando no piensas en nada.


Anoche distinguí tu sonido entre el viento,

te reconocí cuando la luz te dio en cara,

cuando sonó la extraña sinfonía.

Que inmensa eres

cuando meces el tiempo,

cuando miras el fuego y suena tu mirada.


David Rey

De vuelta

Hola a todos,
hace ya mucho que no escribo en este blog y he decidido volver a participar en el. Espero tener cada vez más continuidad, aportando un poco de mis entrañas, poder compartir con vosotros las úlceras que produce en mí el pensamiento intempestivo.

David Rey

jueves, 13 de octubre de 2011

Baile de máscaras


            Continúo deambulando entre las, cada vez, más desconocidas calles. Siguiendo las líneas invisibles que delimitan mi camino, cuando, de repente, alguien me toca en el hombro, por detrás. Al girarme, para ver de quién se trata, tan sólo me encuentro con mi reflejo en el cristal de un escaparate. Entonces, comienza a hablarme. Me quedo totalmente paralizado, mis ojos parecen desencajarse y mi vello se eriza tras mi nuca y por mis brazos. Y tengo frío, mucho frío, pero no en la piel, en otro lugar que no reconozco pero que me resulta familiar. Con una mirada, como traviesa, mi rostro reflejado me dice, mientras lo escucho con una mezcla de horror y curiosidad:
Recuerdas lo que te conté el otro día. ¡Sí, hombre!, lo que te conté el otro día, ¿no te acuerdas? Aquello que te confesé, que me inquieta desde siempre. Cuando era niño, desde bien pequeño, cada vez que me miraba en el espejo, y observaba mi semblante, lloraba desconsoladamente sin poder reconocerme. Igual que tú ahora mismo, que eres incapaz de reconocerme; que eres incapaz de reconocerte.
En el momento en el que termina su desgarradora confesión, mi confesión, paso por una extraña sensación que oscila entre la parálisis física y la convulsión mental. De pronto, ya no tengo miedo. Me encuentro tranquilo viéndome reflejado, viendo al otro reflejado al que sonrío, como travieso. Ahora soy yo el que está al otro lado del cristal. Así lo dejo y así me voy a explorar las calles de este entorno prisionero. Mi caminar es suave y aterciopelado, de color azul. El resto se compone de colores inflamados, como en llamas. Al momento, sin darme cuenta, caigo en un abismo camuflado. Me precipito hacia el comienzo más cercano y familiar que pudiera imaginar, deslizándome a través de los huecos de mi ensueño.

¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi-...!
Abro los ojos: las siete y cuarenta y cinco de la mañana. ¡Ostias! Me he vuelto a quedar dormido y otra vez ese absurdo sueño. Me levanto y voy al baño, como cada mañana, a toda prisa.
Ahí estás (le digo sarcástico a mi reflejo, que me mira con bastante indiferencia), más desmejorado que en mis sueños, pero ahí estás. Bueno, a ver si despertamos y vamos a desayunar con Pablo algo más presentables.
Me acicalo en la medida de lo posible: un poco de agua en la cara, otro poco en el pelo y una rápida lavadita de dientes. Salgo de casa deslumbrado por el sol matutino de estas horas tan indecorosas, hacia el “Preludio”, nuestra cafetería de las mañanas.
Ahí está, tan puntual como siempre. Tan risueño como siempre.
¡Buenos días Pableras! (le saludo, junto con un fraternal abrazo).
¡Buenos días, sin vergüenza! —me contesta con una mueca de Bárbaro mientras me da unas palmaditas en la espalda—. ¿Anoche qué?, borrachera, ¿no?
No hombre, tan sólo un par de botellas de vino con María, que estará a punto de venir (me defiendo, con cara de inocente). He quedado con ella también.
Mírala. Ahí está. ¡Eh, María! —exclama Pablo con la naturalidad que lo caracteriza.
¡Hola, indecentes! —saluda María, con su sarcástico desprecio habitual.
Buenos días, borracha (le contesto en tono cómico).
¡Qué, ayer os la cogisteis buena!, ¿no? ¡Je, je! —bromea Pablo, sin decoro alguno, a la vez que le tira una servilleta arrugada a la cara.
Se sienta María con nosotros y les tengo que contar que de nuevo he vuelto a soñar con mi travieso reflejo:
A ver... hoy he vuelto a tener el sueño (les digo a ambos, mirándolos serio y fijamente a los ojos, como preocupado).
Piensa a ver qué te quiere decir. Porque está claro que algo te quiere decir tu reflejo, algo que quizá ya deberías saber. Algo que, quizá, todavía no alcanzas a entender pero que ya deberías hacerlo. Algo relacionado con tu infancia, a lo mejor. O algo que te inquieta, que le inquieta al niño que lleves dentro y que no acabe de afrontar del todo. Incluso, desde otra perspectiva fuera del psicoanálisis barato, no sé... a lo mejor es tu durmiente, el que vive tus sueños, que se ha cansado de que no cumplas ninguno. Je, je —elucubra Pablo bajo premisas siempre tan inquietantes como excéntricas.
¡Mira qué gracioso! ¿Y tu sueño de cómico? ¿Ese ya lo has logrado, no? recrimino a Pablo, que a veces me saca de quicio.
Mira a ver si no eres un Narciso enamorado de su rostro, ¡ja, ja! —bromea María, que siempre le quita importancia a los asuntos de esta envergadura.
¡Venga ya, María! Sabes que esto es importante para mí (reprocho a María, poniendo un poco de seriedad en el asunto).
Bueno, yo tan sólo he venido a deciros que esta noche hay una fiesta de máscaras en la “Colonia Wells”, en casa de Judith. ¡Qué hoy ya es viernes!, por si no os habíais percatado. Pero tenéis que respetar una serie de normas, no me vayáis a dejar mal: obligatorio acudir enmascarado, claro está, aunque siendo vosotros no está mal que os lo recuerde; la máscara debe cubrir toda la cara y el pelo de manera que nadie os pueda identificar; el vestuario debe ser neutro, que no denote algo de vuestra personalidad, ¿eh? Que nadie pueda decir: ¡mira!, ahí está Pableras con su estilo tan hortera. Allí nos veremos, y me voy que yo ya he desayunado y tengo muchas cosas que hacer.
Adiós —se despide María tras lanzarnos su propuesta misteriosa. Ella siempre tan misteriosa.
Está bien, intentaré no ir hortera, aunque sabes que por mucho que lo intente siempre acabo haciéndolo, es una tendencia profundamente arraigada —explica Pablo.
No faltaré María, ya lo sabes (contesto), ¿a qué hora es?
A media noche —sentencia María, mientras se da la vuelta para irse definitivamente.

Salgo del trabajo con el ánimo de siempre, siguiendo líneas invisibles que dejan las huellas del imprevisto, entre miradas rotas hipnotizadas con el suelo. Me dirijo hacia una tienda de máscaras que hay en el Raval. Después de un rato probándome unas y otras elijo una máscara dividida, más o menos, por la mitad, en diagonal, como si fueran dos rostros al estilo Mr Jekyl y Mr Hyde. Tiene colores claros en la parte de arriba: verdosos y blancos. En la parte de abajo son fuertes y siniestros: rojos y negros. Además, tiene dos cuernos de demonio arriba y una melena desaliñada.
Llego a casa. Dejo la máscara en la percha de la entrada. Me doy una ducha revitalizante mientras tarareo una canción de la que no recuerdo el nombre. Después de fumarme tranquilamente un cigarro, tumbado en la cama y viendo mi silueta a través del espejo de mi armario, duermo un rato.
De camino a la fiesta recuerdo que María me advirtió de la importancia de la máscara, así que llego con ella puesta a la puerta y con un vestuario neutro, de colores claros que resaltan la intensidad de mi impostura. Una vez en la entrada leo un cartel que establece las normas de la fiesta: prohibido quitarse la máscara. Obligatorio usar seudónimo. Prohibido nombrar a nadie.
Entro en el misterioso lugar. La música me gusta, suena Django Reinhardt. Habrá unas cincuenta o sesenta máscaras bailando, todas como buscando caras conocidas, igual que yo; sin encontrar ninguna, igual que yo. Voy al lugar donde sirven las bebidas, me pido un Gin Tónic. Observo la extraña fiesta en la que me veo inmerso, una vez más. Cuanto menos es auténtica, eso no se lo podré negar a María cuando la vea. Con el segundo Gin Tónic ya me siento más relajado. Me dejo llevar por el ritmo de Django. Máscaras y más máscaras oscilan de lado a lado, de arriba abajo. Pero hay algo que me llama la atención especialmente: las miradas están realmente vivas, excitadas; sedientas de otras miradas indiscretas bajo el anonimato tan reconfortante de la máscara. Hoy no hay función, eso está claro, lo advierto exclusivo y veraz. Hoy el circo de títeres está allí fuera. Aquí dentro los demonios bailan sin pudor, sin temor a ser desenmascarados.
De repente, mi inquieta mirada se cruza con la de una chica a través de su máscara coralina. ¿Será María? Todavía no la he encontrado, aunque tampoco la he buscado. ¡Me había olvidado! Tampoco a Pablo, ¡vaya! ¿Será María? Me acerco bailando, tranquilo y dispuesto, con mis cuernos alzándose cada vez más entre más demonios de mi especie. Cuando llego al lugar, donde la misteriosa chica de máscara coralina danza sin dejar de mirarme con ojos de gitana, comienzo a bailar con ella y me dejo llevar. Ella comienza a bailar conmigo y una lasciva mirada se cuela entre mi máscara indefensa haciendo temblar mi compostura y algo más. Le pregunto, sin pensar:
¿Eres… ? (por poco se me escapa).
¡Hola! ¿Cómo te llamas? (reanudo mi pregunta, esta vez sin meteduras de pata).
           —Perséfone —responde a través de una melodía en sus palabras que penetra en mi estómago, haciéndolo temblar—. ¿Y tú?
           —El loco (contesto).
¡Um… ! El loco… buen nombre —aprueba con un tono de lo más seductor a la vez que se acerca cada vez más a mí, aproximando nuestros sexos cada vez más, hasta el punto de sentirme incómodo, aunque sólo al principio. Después, la incomodidad se va transformando en excitación temeraria.
Primero pensé que podía ser María, aunque en el fondo sabía que no. Ahora ya no hay dudas.
¿Subimos a una habitación? —me pregunta sin andarse con rodeos.
Yo no me puedo resistir, aunque lo intento, pero el morbo del momento y el frenesí de la noche empujan sin control a mi demonio prisionero.
Claro…
Subimos al piso de arriba de la impresionante casa en la Colonia Wells. Entramos en una de las habitaciones, la primera con la que nos topamos. Hay una cama de matrimonio y una mesa, la cual parece bastante cómoda. Ella elige la mesa, donde me empuja y comienza a quitarme la camiseta, los pantalones. Yo sigo con su blusa, el sujetador, y mi mano se desliza entre su falda. Todo fluye entre miradas enmascaradas, buscando la plenitud a través de las pupilas descubiertas. Es el momento de máxima excitación, el del preludio; el de mayor intensidad. En ese momento, siento la tentación de quitarle la máscara, preguntarle su nombre, pero la suspicacia de sus ojos se da cuenta de mi intención perversa. Entonces, me mira sin retórica y como flecha lanza su duelo:
Los amantes de las noches prohibidas no pertenecen a su rostro. No hay preguntas. No hay retorno. Yo, Perséfone. Tú, el loco, que por una noche me rescatas del inframundo de mis huesos. Después, ya no hay nada. Después, mi rostro regresará al lugar que ocupa en el vacío, al despertar de este sueño sin dueño. Que mi voz es huérfana de rostro y tu aullido pertenece a la luna llena, eso ya lo sabes.
Al terminar la aclaración de mi Perséfone, fugada de sus cadenas, sean cuales sean, nos sumimos en la pasión de dos cuerpos desnudos. Quizá, nadie haya podido acceder a la secreta perversión de mi anónima amante en la rutina de sus noches. En ésta, clandestina, se abren todas las puertas indiscretas, y yo me deslizo entre los más recónditos rincones de sus deseos prisioneros.
Bajamos de nuevo a la fiesta con una agradable sensación de niños después de la gran travesura. Luego, sin más, nos despedimos, como habíamos acordado. Yo, estupefacto; circunspecto. Ella, tranquila; lánguida, alejándose con sensuales movimientos de cadera.
Tomo un Gin Tónic, lo necesito. ¿Y María? ¿Y Pablo?
Me olvidé por completo, ¿será que no han venido?
Mientras me hayo inmerso en mi oblicua sensación y en mis preguntas acerca de lo que puede estar ocurriendo, me tocan en el hombro, por detrás.
           —¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cuál es tu nombre? —me pregunta un hombre de máscara similar a la mía, aunque de colores invertidos.
           —El loco.
¡Toma!, igual que yo —replica entusiasmado.
De repente, una extraña sensación se apodera de mi estómago. Una sensación familiar e inquietante; confusa pero conocida. Al mirar alrededor, me da la impresión de que todas las máscaras me miran, como traviesas; como esperando una respuesta.
¿Nos conocemos? (pregunto al hombre misterioso exhibiendo mi confusión).
¡Claro! —me responde, tranquilo; impasible, tanto que me asusta-. ¿No recuerdas lo que te conté el otro día? Sí, ¡hombre!, lo que te conté el otro día. Aquello de cuando era niño, que cada vez que me miraba en el espejo, y veía mi rostro reflejado, lloraba desconsoladamente, sin poder reconocerme. Igual que tú no me reconoces en este momento.
Un escalofrío invade todo mi cuerpo. Ahora siento que todas las máscaras clavan sus miradas en mi persona. Todo se funde, y mis ojos, desorbitados, nublan mi vista entre gotas de sudor. No aguanto más y salgo corriendo. Entonces, una chica me grita:
¡Eh! ¿Eres... ? No te vayas.
¿Será María? No lo sé, pero me da igual. Me voy corriendo. Salgo atropellando a la gente de la casa; me quito la máscara; me seco el sudor de mis ojos y de mi cara empapada. Ando rápido, casi corro, ¿o es que corro? No lo sé, sigo las huellas de mis pisadas, pero se pierden entre líneas invisibles, casi sutilezas, que atraviesan mi ser como alfileres infinitos, enhebrando todo mi cuerpo como un muñeco de trapo. Así me siento, como un muñeco de trapo, lleno de parches e incapaz de reconocerme. De repente paro, ahogado de confusión, sin saber si quiera a dónde me dirijo. Entonces, al darme la vuelta, de nuevo veo mi rostro reflejado en un escaparate, como en mis sueños. Quizá sea un sueño, no sé. Me quedo petrificado ante la incertidumbre de mi realidad, que me desborda. Mi espectro me mira fijamente, como travieso. Mi cuerpo está paralizado y mi mente convulsionando, hasta que caigo en el abismo del comienzo, aquel que siempre reconozco. Ahí me veo, disfruto viendo mi reflejo aterrorizado y le sonrío, como travieso, por no se qué que pudiera estar haciendo. En realidad, no me acuerdo de cómo comenzó todo esto ni de quién fue quien lo hizo, si él o yo.

De repente, abro los ojos. Todo está a oscuras y yo estoy despierto, pero no veo nada. Puede que esté en el útero materno apunto de nacer. O, posiblemente, esté en el cuarto de baño, esperando a oscuras, para verlo todo desde la simetría inversa del espejo cuando entre a lavarme la cara. O quizá, y tan sólo quizá, esté en mi cuarto, tumbado en la cama y únicamente tenga que encender la luz.

lunes, 12 de septiembre de 2011

III Concurso Internacional de Poesía y Narrativa LIBRO DIGITAL “Uniendo Fronteras 2011”

III  Concurso Internacional  de Poesía y Narrativa LIBRO  DIGITAL  “Uniendo Fronteras  2011”
          
Mención de Honor en el género Poesía a los poemas: "Tan sólo un instante", "Necesito", "El misterio".

El Instituto Cultural Latinoamericano no es una isla, sino todos los continentes, es una puerta abierta al mundo.
  
                              Cordialmente  
                                   María Mercedes González
                                        Secretaria Gral.
 
El  INSTITUTO  CULTURAL  LATINOAMERICANO  ha sido reconocido por el Departamento de Derechos Humanos y Asuntos Indígenas.

 



Tan sólo un instante…

¿Cuánto tiempo bastaría para que no te olvidara?:
tan sólo el que dura el compás de una guitarra;
tan sólo tan poco que el tiempo ya no es nada...
o quizá, ya lo es todo, un instante... ¿cuánto dura
un instante, mi distante niña... toda tu mirada?

¿Cuánto tiempo bastaría para que no te olvidara?
Un instante, tan sólo un instante...
tan sólo unas horas volaron sobre tu mirada
hacia mi corazón perdido entre ceniza y sangre.
Tan sólo unas horas bastaron para que, quizá...
ya no pueda olvidarte;
unas horas, tan sólo... un instante.


Y no te prometeré por el momento nada:
tan sólo mis versos; tan sólo mis sueños... ;
tan sólo amaneceres prohibidos tras un reloj de cuco
que ya no quiere dar más las horas de los necios.
Tan sólo el lugar que hay entre dos palabras.
Tan sólo volar entre los vacíos que deja el tiempo
para los instantes eternos;
tan sólo volar entre los vacíos que deja el tiempo
para los amantes sin dueño...
...y que no me olvidaras.

Leamos entre líneas de este libro sagrado
para que juntos profanemos  sus secretos;
para que juntos reescribamos en los márgenes
perdidos en el tiempo sin incógnita,
donde no existen mandamientos.
Y pidamos al tiempo, ¡y roguemos al tiempo!,
que nos vuelva a conceder…
un instante… tan sólo… un instante…

Pablo Medrano.


Necesito

Necesito agarrar los instantes con los dientes,
perfilar las siluetas escondidas tras los pliegues.
Necesito delimitar las retóricas de tu rostro,
analizar los argumentos que se esconden tras la máscara;
extraer cada ápice de substancia en su evasión.

Pretendo recorrer cada mota de tiempo
con cada poro de mis dedos, de mis labios,
sin distanciar demasiado la incertidumbre del deseo.

Necesito priorizar desde el comienzo
los finales a los que me lanzo sin permiso;
alcanzar cada segundo antes de tiempo
y hacerlos prisioneros del recuerdo.

Necesito sentirme vivo y no sentirme cuerdo
para que el loco estrangule mi tormento,
para que las mentiras que no digo
no sean las verdades cuando miento.
Para que no exista castigo
cuando sólo digo lo que siento.

Pablo Medrano.


El misterio

Aunque el misterio no se resuelva;
aunque me siga deslumbrando
este incómodo acertijo,
cada gota que destilo
la deposito entre mis hojas
de diario de un proscrito.

¡Y es que tú eres el misterio!
El del viento cuando aúlla
rechinando en mis oídos,
gritándome tu rostro;
mostrándome tu voz
entre un enjambre de suspiros
que desahucian mi lamento,
igual que sé que ya te has ido.

¡El misterio sigue vivo!
el que no encuentra salida
entre mis versos de presidio;
cuando todo lo que es cierto
se convierte en acertijo;
cuando yo me desvanezco
entre las gotas del rocío.
¡Que los peces ya están muertos
y los cebos siguen vivos!

...Y el misterio sigue vivo...
como la llama de la vela
que ensombrece mis renglones;
como tu recuerdo, ya lejano,
cuando todavía no te has ido;
como la certeza de saber
que te perderás en el olvido.

Pablo Medrano.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Las noches y los días

La noches y los días disipan
las innobles vestiduras de mi alma.
Alma voraz, de presa, taciturna,
sedienta de vestigios en albas traviesas
donde la moral se precpita, aguileña,
profundizando hacia abismos verticales.
Y el pájaro vespertino ya advirtió
a mi razón ciega, sorda, rapaz,
carente de equilibrio cuando lloro;
cuando atravieso precipicios escarpados
que no recuerdo, impreciso, tras mi paso;
cayendo lánguido el esmalte de mi larva;
deshojando mis nostalgias de alamedas
en las eternas avenidas de mis noches.

¿Y luego lloras, poeta loco?
Y luego lloro, sí, pero también danzo,
junto al reloj sin tiempo ni cronómetro,
tras el tic-tac que suena sin oídos
por espirales subrepticias sin retorno.

Y luego lloro, sí, pero también río;
río como sólo ríe el loco,
junto al la felicidad que habita
en los acertijos incompletos;
junto a la sonrisa que adivina
el rostro despojado de su máscara.

Hasta que, de nuevo, el ocaso;

hasta que, de nuevo, la mañana
se viste de zapatos, camisas y corbatas.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Una lágrima...



Una lágrima advierte su fragilidad
cuando los labios sellan las palabras
dentro del suspiro de tu voz:
rosa negra a media noche,
uña de gato en tu piel desnuda.


Porque el grajo ya no advierte
de las tormentas de tus ojos.

Y te siento como gota en el lápiz
que sostiene mi duelo ensangrentado;
y te siento marchita como otoño,
cristal derramado por mis venas de alcanfor;
como hielo picado en un pliegue de mi boca;
como el prisma que refracta tus delirios
en imágenes que mienten sobre un lienzo
acabado por la huella de tu mano.


Intento recordar aquellas noches
en las que posabas mariposas en mi vientre
y, los pétalos, eran tus miradas de papel.

Mi prisión de tiempo desvanece el fuego
que guardábamos para el frío del invierno
y, ahora, la escarcha cuelga cristalina
sobre un olvidado limonero caduco
con desafiantes espinas de recuerdo;


y la luz atesora su escondite color malva
tras la mirada de un niño de incubadora.

jueves, 18 de agosto de 2011

El círculo

El círculo completa el oscuro lamento del indígena;
las llamas brotan de los ojos ensangrentados;
la visión adopta la postura del guerrero
y su danza se eleva hacia el precipicio sin retorno;
la carne devorada salpica al auditorio circunspecto.
Al fin, el reto es asumido y la mueca satisfecha
en las bocas prisioneras de su rostro;
bocas que no sacian corazones
sedientos de luz y oscuridad;
todo se funde; todo se derrama;
el hombre regresa a su reflejo.

martes, 16 de agosto de 2011

¿Qué es lo que pretendo?

¿Qué es lo que pretendo? Me preguntas vanidosa.
Pretendo tan sólo el ocaso del cielo
completando los vacíos entre el aire y el alma.

¿Qué es lo que pretendo? Me preguntas con tu insidia en la mano.
Pretendo tan sólo la voz sin juicio de la mañana
en un despertar casi caníbal en mis versos;
caníbal me considero antes que yermo;
caníbal de  besos de destierro
y caricias de presos
en la última noche de sus huesos.

Y tu voz comienza a sonar temblorosa
cuando escucha lo que tu sombrero de presa le presupone
de mis palabras, que no son palabras
sino herramientas del alma sin máscaras impuestas;
sino herramientas de lobo en plenilunio de los verbos.

¿De qué verbos me tramas en tus dardos?
te pregunto yo ahora con el yugo en la mano;
el yugo que acechante me lanzas
con tus flechas de mal agüero por la espalda;
¿de qué preguntas y de qué respuestas estamos tratando?;
si ya no escuchas lo que tus oídos perdieron
en el sueño al que te encomiaste en el eclipse de tus miedos.

Yo ya no te marco más mis pisadas
para que las borres con tu rastrillo de veneno;
yo ya no respondo más preguntas
pertrechadas por el ego de tu sombrero;
que la maldición de tus verbos
ya no dañan más mi espíritu sin dueño.

Busca al corderito que perdió su morada
para devorar cada uno de sus miembros,
que yo me lanzo al vacío de los sueños
donde la luz y las sombras se funden
en un beso, en el precipicio del comienzo;
allá donde el vuelo de las águilas
alberga la visión del mundo más sincero;
allá donde me aleje de tu envenado sombrero;
allá donde vuele sin el yugo de tu sexo;
allá donde el loco vuelve a ser el dueño;
allá donde mis versos encuentren su alimento.

domingo, 5 de junio de 2011

Basta ...

Basta que no  diga nada para que me escuches;
basta que  diga todo para que me ignores;
el silencio suele ser más doloroso
cuando  una mueca dice más que las palabras;
cuando un suspiro se me escapa entre la boca
temerosa de caer en el olvido;
que por más que hable, no te digo nada,
que por más que escuche, sólo hay gritos;
que no es más sabio quien más grita
y tampoco menos quien más calla;
basta con un dedo entre labios
para que resulte más de lo que escribo;
cuando los versos sienten más que dicen
y ya no cuentan lo que digo:             
                                             un deseo,
                                                             un anhelo
                                                                              y un suspiro…

El horizonte ha caído en el olvido


El horizonte ha caído en el olvido,
ya nadie mira los crepúsculos,
ni velan los suspiros en amaneceres
prohibidos, sueño de los pájaros sin dueño.

Palabras huecas en las bocas traicioneras
anhelan lo que llenas con tu brazo,
y tu voz es un cangrejo en la laguna
donde vierten los despojos de la aurora,
perseguida por el Santo:
matémoslo, hermanos, con silencio,
con los bailes de  máscaras sangrientas
y los tambores redoblen la venganza;
que las canciones tiemblen las montañas;
que ellas nos recuerden en el tiempo
que un día fuimos libres como el águila;
que un día habitamos junto al viento;
alcemos en alto nuestros miembros,
mostremos al mundo nuestras yagas,
robemos el pan al centinela
que vela en la puerta del Olimpo;

calla el grito en las palabras
y grita el silencio con tus armas
que ya aguardan demasiado,
sé que tú lo sabes, sé de lo que callas.

Anoche los cristales iluminaron las pupilas

Anoche los cristales iluminaron las pupilas.
Cortinas humeantes de huecos descosidos,
un rostro resignado de piel amordazada:
anciana de ojos tristes y párpados quemados
prisionera en el castillo donde habita el sufrimiento
se asoma sin palabras, asume su destino,
las letras se desbordan en el río de lo humano.

Las voces de estos versos reprimen los suspiros
de un esposo y campesino entornando su mirada
amarillenta que atraviesa su traviesa condición,
del hombre que es más hombre si consigue su alimento.

Las arrugas disimulan el veneno de su abrigo
y los colores del crepúsculo embellecen la venganza.
La princesa en su castillo reza su rosario
entre llamas que incineran una vida de castigo.

La libertad brota de la sangre derramada
antes de ser estancada por el llanto;
la justicia no sabe del vuelo de los pájaros;
el reloj de cuco sigue dando bien las horas.

Cuando al fin la tarde ya está triste

Cuando al fin la tarde ya está triste
y el dedo en el verso no perdona:
tristeza enredadera de zarza con espinas
cubre la sangre dentro de las yagas.

Melodía de este pájaro que arde en el recuerdo,
si es recuerdo el crepúsculo caído;
en una noche de voces y penumbra
ilumina los cuerpos ardientes en deseos
de quitar las yerbas que, malbien, encubrieron
el absurdo juego que esconde un elemento:
inocente aparece tras el velo, duelo del verdugo;
guadaña reprimida en la mano de aquel santo;

los gritos se confunden con los pájaros en vuelo,
rondando las entrañas: alimento miserable;
el juego no termina si no termina con el tiempo;
esta noche el silencio confunde al enemigo.

domingo, 13 de marzo de 2011

Ando por andar

   —Ando por andar, ¿sabe lo que le digo? ¡Ando por andar! Y no es que me enorgullezca  de ello, pero es así, ¿sabe de lo que le hablo? Sí, claro que sí, sabe lo que le digo. Ando, un paso tras otro, continuamente, y sólo descanso cuando me detengo entre cada paso, entre ese paso que se detiene antes de dar el otro. ¡Ese es el momento! ¡Ese es mi mejor momento! ¿Conoce el espacio del que le hablo? Seguro que lo conoce, todo el mundo lo conoce. Ese estadio  emocional en el que todo lo detienes, todo se detiene, todo te detiene en un lugar que no habías visto antes, aunque tengas la sensación de haberlo visto. ¡No lo has visto antes!, ¿sabe?, esto que le quede bien claro. No tiene nada que ver con ninguno de los anteriores momentos en los que se ha parado, y no los reconoce cuando mira por encima del hombro, de reojo, y eso le asusta, como a mí (ya lo sé), como a todo el mundo, pero es lo más natural así que no se preocupe.
   >>Para retomar el tema, como le iba diciendo, ¿recuerda aquel pájaro del que le hablé? Sí, aquel pájaro de oscuras tonalidades y trino vespertino, ¡hombre! Bueno, pues aquel pájaro me lo vuelvo a encontrar cuando paro entre un paso y otro, de esto que le estoy hablando, ¡caray! Pues sí, me lo vuelvo a encontrar cada vez, y pareciera que quiere decirme algo, algo que, quizá, ya no puedo entender, se lo puede creer, ¡ya no lo puedo entender! ¿Sabe de lo que le hablo? Quizá me avise de algo que se me escapa de entre las manos, que no llego a alcanzar con la mirada por mucho que mire de reojo,  de frente, o de cualquier otra manera que se pueda mirar, da lo mismo, no lo alcanzo, se me escapa una y otra vez, entre las manos. Cuando creo que al fin lo he agarrado, entonces, nada, no hay nada, no era nada, tan sólo el trino de este confuso pájaro que no para de indicarme no sé qué que debería reconocer; que debería... alcanzar... ¿A comprender? No, no es eso. O sí, es que, no sé. ¿Usted qué piensa?
   —Em... bueno, pues…   
   —El caso es que ahí está, con su trino, que se clava en mi cabeza, que enfoca mi mirada hacia alguna parte a la que debería dirigirme, donde debería fijar mi atención, donde ahí encontraría el... ya sabe de lo que le hablo. Tan sólo puedo, entonces, detener el tiempo, que él me detenga, para que no se me escape este momento, lo único que me queda antes de volver a andar por andar; respirar esa fragancia tan cercana y familiar; sentir el tacto de mi piel en ese lugar que, por un momento, me ha parecido reconocer, justo cuando una ráfaga de viento se detiene en mi cara haciéndome entender lo que está pasando. Aunque, tan sólo por un momento, consigo entenderlo, antes de continuar su soplar por soplar, hacia ninguna parte, que es ese lugar al que, bien sabe, tiene que llegar antes de que sea demasiado tarde para no llegar a tiempo, justo cuando ha llegado en el momento. Es así de sutil. Eso es, de no llegar a tiempo y que se haya pasado ese momento en el que te puedas detener, de nuevo, a mirar de reojo, por encima del hombro, y escuchar, una vez más, el melodioso trino del pájaro que te estaba esperando, y que ya casi se había ido. Para poder indicarte hacia dónde tienes que mirar antes de que se te escape de nuevo de las manos. Entonces, ¡ya lo tengo! Lo agarro entre mis manos, pero justo después de que se me hubiera escapado, demasiado tarde de nuevo. Y, de pronto, me doy cuenta: ¡llego tarde! Y, sin más remedio, me pongo a andar, por andar, ya sabe: un paso tras otro. Como usted, ya sabe de lo que le hablo, y alcanzar al fin el...aquello que usted también busca continuamente, que es como andar por andar. Porque yo ando por andar, ya se lo he dicho, igual que usted: un paso y luego otro, al que le sigue otro, antes de dar el otro que es el siguiente paso que debes dar, preludio del nuevo paso que darás, ¿sabe? Vaya, en definitiva, lo que le quería decir es que ando por andar, como usted.
   —Disculpe, joven, pero llega mi autobús. Espero que el próximo día tenga algo más claro, que haya llegado a alguna conclusión, y de paso me aclare un poco todo esto. ¡Hasta mañana!
   —¡Hasta mañana, buen hombre! Si no me tropiezo por el camino aquí nos vemos, a la misma hora.

   Sale el autobús, a la vez que llega otro, del que baja una anciana con bastón. Avanza lentamente hacia los bancos de la parada, y, dejando el bastón a un lado, se sienta.

   —Buenos días, señora. Bueno, no sé si ha pensado, alguna vez, en lo que voy a decirle. Aunque, con lo que lleva recorrido en su vida, me imagino que sí. El caso es que ando por andar. ¿Sabe lo que le digo? Sí, ¡vaya!, igual que usted…