domingo, 5 de junio de 2011

El horizonte ha caído en el olvido


El horizonte ha caído en el olvido,
ya nadie mira los crepúsculos,
ni velan los suspiros en amaneceres
prohibidos, sueño de los pájaros sin dueño.

Palabras huecas en las bocas traicioneras
anhelan lo que llenas con tu brazo,
y tu voz es un cangrejo en la laguna
donde vierten los despojos de la aurora,
perseguida por el Santo:
matémoslo, hermanos, con silencio,
con los bailes de  máscaras sangrientas
y los tambores redoblen la venganza;
que las canciones tiemblen las montañas;
que ellas nos recuerden en el tiempo
que un día fuimos libres como el águila;
que un día habitamos junto al viento;
alcemos en alto nuestros miembros,
mostremos al mundo nuestras yagas,
robemos el pan al centinela
que vela en la puerta del Olimpo;

calla el grito en las palabras
y grita el silencio con tus armas
que ya aguardan demasiado,
sé que tú lo sabes, sé de lo que callas.

Anoche los cristales iluminaron las pupilas

Anoche los cristales iluminaron las pupilas.
Cortinas humeantes de huecos descosidos,
un rostro resignado de piel amordazada:
anciana de ojos tristes y párpados quemados
prisionera en el castillo donde habita el sufrimiento
se asoma sin palabras, asume su destino,
las letras se desbordan en el río de lo humano.

Las voces de estos versos reprimen los suspiros
de un esposo y campesino entornando su mirada
amarillenta que atraviesa su traviesa condición,
del hombre que es más hombre si consigue su alimento.

Las arrugas disimulan el veneno de su abrigo
y los colores del crepúsculo embellecen la venganza.
La princesa en su castillo reza su rosario
entre llamas que incineran una vida de castigo.

La libertad brota de la sangre derramada
antes de ser estancada por el llanto;
la justicia no sabe del vuelo de los pájaros;
el reloj de cuco sigue dando bien las horas.

Cuando al fin la tarde ya está triste

Cuando al fin la tarde ya está triste
y el dedo en el verso no perdona:
tristeza enredadera de zarza con espinas
cubre la sangre dentro de las yagas.

Melodía de este pájaro que arde en el recuerdo,
si es recuerdo el crepúsculo caído;
en una noche de voces y penumbra
ilumina los cuerpos ardientes en deseos
de quitar las yerbas que, malbien, encubrieron
el absurdo juego que esconde un elemento:
inocente aparece tras el velo, duelo del verdugo;
guadaña reprimida en la mano de aquel santo;

los gritos se confunden con los pájaros en vuelo,
rondando las entrañas: alimento miserable;
el juego no termina si no termina con el tiempo;
esta noche el silencio confunde al enemigo.

domingo, 13 de marzo de 2011

Ando por andar

   —Ando por andar, ¿sabe lo que le digo? ¡Ando por andar! Y no es que me enorgullezca  de ello, pero es así, ¿sabe de lo que le hablo? Sí, claro que sí, sabe lo que le digo. Ando, un paso tras otro, continuamente, y sólo descanso cuando me detengo entre cada paso, entre ese paso que se detiene antes de dar el otro. ¡Ese es el momento! ¡Ese es mi mejor momento! ¿Conoce el espacio del que le hablo? Seguro que lo conoce, todo el mundo lo conoce. Ese estadio  emocional en el que todo lo detienes, todo se detiene, todo te detiene en un lugar que no habías visto antes, aunque tengas la sensación de haberlo visto. ¡No lo has visto antes!, ¿sabe?, esto que le quede bien claro. No tiene nada que ver con ninguno de los anteriores momentos en los que se ha parado, y no los reconoce cuando mira por encima del hombro, de reojo, y eso le asusta, como a mí (ya lo sé), como a todo el mundo, pero es lo más natural así que no se preocupe.
   >>Para retomar el tema, como le iba diciendo, ¿recuerda aquel pájaro del que le hablé? Sí, aquel pájaro de oscuras tonalidades y trino vespertino, ¡hombre! Bueno, pues aquel pájaro me lo vuelvo a encontrar cuando paro entre un paso y otro, de esto que le estoy hablando, ¡caray! Pues sí, me lo vuelvo a encontrar cada vez, y pareciera que quiere decirme algo, algo que, quizá, ya no puedo entender, se lo puede creer, ¡ya no lo puedo entender! ¿Sabe de lo que le hablo? Quizá me avise de algo que se me escapa de entre las manos, que no llego a alcanzar con la mirada por mucho que mire de reojo,  de frente, o de cualquier otra manera que se pueda mirar, da lo mismo, no lo alcanzo, se me escapa una y otra vez, entre las manos. Cuando creo que al fin lo he agarrado, entonces, nada, no hay nada, no era nada, tan sólo el trino de este confuso pájaro que no para de indicarme no sé qué que debería reconocer; que debería... alcanzar... ¿A comprender? No, no es eso. O sí, es que, no sé. ¿Usted qué piensa?
   —Em... bueno, pues…   
   —El caso es que ahí está, con su trino, que se clava en mi cabeza, que enfoca mi mirada hacia alguna parte a la que debería dirigirme, donde debería fijar mi atención, donde ahí encontraría el... ya sabe de lo que le hablo. Tan sólo puedo, entonces, detener el tiempo, que él me detenga, para que no se me escape este momento, lo único que me queda antes de volver a andar por andar; respirar esa fragancia tan cercana y familiar; sentir el tacto de mi piel en ese lugar que, por un momento, me ha parecido reconocer, justo cuando una ráfaga de viento se detiene en mi cara haciéndome entender lo que está pasando. Aunque, tan sólo por un momento, consigo entenderlo, antes de continuar su soplar por soplar, hacia ninguna parte, que es ese lugar al que, bien sabe, tiene que llegar antes de que sea demasiado tarde para no llegar a tiempo, justo cuando ha llegado en el momento. Es así de sutil. Eso es, de no llegar a tiempo y que se haya pasado ese momento en el que te puedas detener, de nuevo, a mirar de reojo, por encima del hombro, y escuchar, una vez más, el melodioso trino del pájaro que te estaba esperando, y que ya casi se había ido. Para poder indicarte hacia dónde tienes que mirar antes de que se te escape de nuevo de las manos. Entonces, ¡ya lo tengo! Lo agarro entre mis manos, pero justo después de que se me hubiera escapado, demasiado tarde de nuevo. Y, de pronto, me doy cuenta: ¡llego tarde! Y, sin más remedio, me pongo a andar, por andar, ya sabe: un paso tras otro. Como usted, ya sabe de lo que le hablo, y alcanzar al fin el...aquello que usted también busca continuamente, que es como andar por andar. Porque yo ando por andar, ya se lo he dicho, igual que usted: un paso y luego otro, al que le sigue otro, antes de dar el otro que es el siguiente paso que debes dar, preludio del nuevo paso que darás, ¿sabe? Vaya, en definitiva, lo que le quería decir es que ando por andar, como usted.
   —Disculpe, joven, pero llega mi autobús. Espero que el próximo día tenga algo más claro, que haya llegado a alguna conclusión, y de paso me aclare un poco todo esto. ¡Hasta mañana!
   —¡Hasta mañana, buen hombre! Si no me tropiezo por el camino aquí nos vemos, a la misma hora.

   Sale el autobús, a la vez que llega otro, del que baja una anciana con bastón. Avanza lentamente hacia los bancos de la parada, y, dejando el bastón a un lado, se sienta.

   —Buenos días, señora. Bueno, no sé si ha pensado, alguna vez, en lo que voy a decirle. Aunque, con lo que lleva recorrido en su vida, me imagino que sí. El caso es que ando por andar. ¿Sabe lo que le digo? Sí, ¡vaya!, igual que usted…

lunes, 4 de octubre de 2010

Mi corazón palpita...

Mi corazón palpita
sin pedir turno;
mi soledad cabalga
sobre mi regazo, enamorada;

me pide consejos
acerca de retórica
mas yo no le contesto,
tan sólo la escucho,
tan sólo la siento;

escudriñamos cada rincón olvidado
como nuevos amaneceres perdidos
que desatan por dentro suspiros
y enamoran mi alma indígena:

¡ya no teme!
¡ya no lamenta!
¡ya no se compadece!

Entona la percusión sin retorno
y retorna a la danza del fuego,
salpicando un breve taconeo
que despierta mi ser adormecido;

danzando, sin rostro ni vestido,
desnuda replica este compás;
mas sólo escucho lo que siento;
mas sólo siento cuando vivo.

Nuevo amanecer

Al fin la carcasa se abre,
el aire respira, aliviado,
tras una mirada redentora
de máscaras lúgubres, sin hueco en los ojos.

La pupila que caía hacia abajo
abre sus cuencas anquilosadas
de óxido amarillento de un pretérito.

El amanecer dilata un nuevo día
lleno de páginas en blanco por escribir;
y nuevas tintas de fluidos vitales
rellenan mi pluma traída por el águila;

y mi voz resuena desde la altura,
capicúa de sonidos en nueva clave,
elevando mi estructura hacia el vacío
que rellena lo que antes rebosaba;
completando lo que debe ser sin ser;
susurrando lo que no puede ser prometido;
gritando aquello que es silencio;
callando al silencio con un grito;

mi infante agita el sonajero
rodeando la melodía con el tiempo,
involucionando a mi decrépito ser
hasta el huevo en el útero del averno;
al compás que replica mi sonajero
yo danzo la melodía junto al tiempo.

sábado, 2 de octubre de 2010

Ruidosas teclas

Teclas ruidosas golpean
mi cabeza llena de teclas,
que escriben versos en tinieblas,
sobre una cabeza que repite
el mismo compás de sus teclas,
cual tarareo involuntario,
sin entender el profundo error
que entraña el contenido funesto;

y mi redacción toma forma
de algo informe pero constante
que repite un tempo dormido
por un después retardado en su tiempo,
que llega junto con mi antes,
cogidos de la mano atraviesan
mi profunda redacción, que escribo
golpeando mis ruidosas teclas,
sobre mi cabeza llena de teclas,
al compás de la melodía de las teclas
que esconden mis letras en tinieblas.